Mi columna de hoy en Invertia se titula «Trabajo distribuido y cambio de mentalidad», y trata de lanzar una reflexión sobre la mentalidad de las compañías que, llevados por un análisis superficial y en la mayoría de los casos absurdo, descartan rápidamente la posibilidad de ofrecer a sus trabajadores que continúen trabajando de manera distribuida una vez que la situación de pandemia se considere finalizada. Prefiero con mucho el término «trabajo distribuido» al de «trabajo remoto», porque la palabra «remoto» evoca la idea de «lejanía», de «aislado», que es precisamente lo que la tecnología ha conseguido que no experimentemos más cuando trabajamos desde otro sitio.

Para mi reflexión, utilizo un método, la inversión del contexto, que suelo emplear en muchas discusiones para tratar de señalar problemas derivados del isomorfismo corporativo: imagina que, en realidad, llevásemos muchos años trabajando de manera distribuida, y que solo fuese necesario que una persona fuese a la oficina más que cuando realmente ve una ventaja en hacerlo, de manera ocasional. Es decir, imagina que en vez de tener que trabajar de manera distribuida porque una pandemia nos obligó a ello y aprendimos sobre la marcha (con todos los problemas y limitaciones que ello conlleva), te hubiesen enseñado a trabajar en modo distribuido desde que entraste en la compañía, proporcionándote las herramientas y la formación necesaria, y que desde el primer momento hubieses entendido que, para trabajar, debías destinar un espacio adecuado en tu casa para ello.

Ahora trata de imaginar el cambio: que un día llega tu jefe, y en una circular a toda la compañía, anuncia que a partir de determinada fecha, todos los trabajadores deberán estar todos los días a las nueve de la mañana en la oficina, y trabajar en ella hasta las cinco, y que deberán desplazarse todos los días, meterse en un atasco, tardar un montón en llegar, buscarse la vida por los alrededores para comer o tomar café, etc., etc. ¿Cómo sentaría un cambio así? Lógicamente, habría desde personas que simplemente optarían por abandonar la compañía – sobre todo si creen que no les va a costar mucho encontrar otro trabajo – hasta protestas de todo tipo, incluyendo a los sindicatos reclamando todo tipo de compensaciones por el cambio.

Debido al hecho de que comenzamos a trabajar de manera distribuida por obligación y que no hemos tratado de optimizarlo demasiado porque lo veíamos como una situación temporal, muchas personas no han logrado aún entender las ventajas que ello conlleva. La idea de dedicar el tiempo de trabajo a trabajar, en vez de a estar en un atasco, a comer por los alrededores de la oficina o a tomar café y charlotear con los compañeros, mientras podrías escoger la música de pones de fondo, cómo te vistes y las pausas que haces mientras trabajas desde tu casa es algo que cobra cada vez más sentido, sobre todo si tenemos en cuenta que una vez terminada la pandemia, muchas de las limitaciones y agobios que hemos experimentado durante la misma perderán su sentido. No, trabajar en modo distribuido no significa y no debe significar estar todo el día en una reunión de Zoom permanente, y si es así, es que lo estás haciendo mal. La base fundamental del trabajo distribuido son las herramientas asíncronas, y mientras no lo descubras, no ganarás autonomía a la hora de organizar tu vida, seguirás sintiéndote miserablemente mal porque te parecerá que no manejas tu vida, y terminarás el día cansado y con la sensación de no haber hecho nada productivo.

Me sorprende enormemente la cantidad de personas con las que me reúno de forma virtual que aún siguen haciendo videoconferencias inanes y sin herramientas cómodas delante de una insulsa pared blanca, tal y como las hacíamos hace más de un año cuando empezó la pandemia. Reunirte desde casa con una buena instalación de cámara virtual, pudiendo mostrar una presentación o compartir una ventana sin aburrir a las ovejas e incluso pudiendo hacer un chiste simpático de vez en cuando es algo para lo que no hace falta invertir en un estudio profesional, y que cuando lo tienes, se siente como «tener superpoderes», como algo a lo que no quieres renunciar. Cualquier parecido entre el modo de trabajar que tenía al principio de la pandemia y lo que hago ahora es mera coincidencia, y esa evolución me ha permitido no solo trabajar muchísimo más a gusto, sino que, además, el resultado de mi trabajo sea mucho más profesional.

Mientras las compañías no sean capaces de entender el valor que pueden extraer del hecho de ofrecer a sus trabajadores las herramientas y la formación para que trabajen como quieran, seguirán, simplemente, intentando volver al pasado, a pretender trabajar como lo hacían antes de marzo del año pasado, a ignorar el potencial de aprendizaje de todos estos meses, y a convertirse en compañías obsoletas que experimentarán, progresivamente, un drenaje de talento hacia las compañías que han entendido que el tiempo pasado ya no volverá. Nostálgicos trasnochados intentando competir con quienes sí que han sabido adaptarse a los tiempos. El resultado no puede estar más claro. El futuro del trabajo se llama flexibilidad.

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