En los años ochenta del siglo pasado, el capitalismo lucía triunfante. Sus principales teóricos pretendieron hacernos creer que hasta el sol giraría en torno suyo. Las potencias capitalistas se propusieron restablecer su hegemonía y dominación imperial en el universo. El Consenso de Washington (1989) y sus políticas de ajuste macroeconómico diseñadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, fueron su “caballo de Troya”, para hacer realidad tan desmedida ambición.

La “decadencia” del marxismo a partir de 1983; la caída del muro de Berlín (1989) y el colapso de la Unión Soviética (1990-91), constataban la supremacía de las potencias occidentales.

Es verdad que, en el socialismo soviético hubo excesos, se cometieron errores. Es verdad que, la conversión del “marxismo-leninismo” en una religión de Estado, “cuyos dogmas –al decir de Eric Hobsbawm- fueron promulgados por una autoridad política que oficialmente reivindicaba la autoridad sobre la teoría y los hechos”. Es verdad que, en un socialismo verdadero no tiene cabida el Gulag. Es verdad que, la burocracia estatal no puede sustituir al pueblo como sujeto fundamental de ese modelo de sociedad. Todo esto ocurrió en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Es allí, donde debe buscarse la explicación de su colapso y no en el socialismo.

Las potencias capitalistas supieron aprovechar esta situación. La expansión de la onda neoliberal parecía indetenible. Una gran incertidumbre se apodero de las fuerzas progresistas del universo. Algunos creyeron que todo estaba perdido. Que la utopía de edificar una sociedad no capitalista, llegaba a su fin. Los conversos, se constituyeron en excelentes propagandistas de la hora “dorada” neoliberal.

Pretendieron universalizar la crisis vivida en la Unión Soviética, haciéndola aparecer como una crisis de toda forma de pensar distinta  a la de ellos. No lograron entender, que si algo caracterizaba a la URSS era, precisamente, su heterogeneidad etno-cultural. Heterogeneidad que, es necesario comprender, para determinar las razones de su colapso.

La superficialidad con que se concibió el colapso de la Unión Soviética fue de tal magnitud que, con la mayor inmediatez, las potencias capitalistas, y de manera particular el imperio estadounidense, a través de sus instituciones gubernamentales, por vía de Decreto, decidió que Rusia pasaba a formar parte de la egida neoliberal. Obviaron que, durante casi medio siglo, fue el contrapeso del mundo capitalista. Error que solo puede ser cometido por quien minusvalora  al otro. Y, en este caso, ese otro no era cualquiera. Ese otro estaba cargado de dignidad. Un pueblo al que la derrota no logró descorazonar; no lo hizo  sentirse huérfano.

Las potencias capitalistas de occidente no lograron entender  que, si bien es cierto, el pueblo ruso se había hecho crítico de la experiencia vivida, durante el período del mal llamado “socialismo realmente existente”;  no era menos cierto que, avanzaba en el fraguado de un nuevo modelo de sociedad socialista, distinto al vivido.

La ceguera del imperio ha sido de tal magnitud que, no ha logrado entender que el pueblo ruso ha cambiado dentro de una permanencia.  Que cuando advino el colapso de la URSS, dejó “tras de sí continuidades, recuerdos y símbolos, pero no lealtad a una religión civil”.

En el presente, nadie puede negar que la Confederación Rusa es una potencia mundial. Fortaleza que, es el resultado de un modelo de desarrollo que se ha ido fraguando corrigiendo errores y diseñando las bases de un nuevo paradigma. Colocando el talento, y no la fuerza militar y económica, como base de su estructuración. Que hace del establecimiento un mundo multipolar, de la soberanía y libre determinación de los pueblos, principios inalienables. No haber entendido esta realidad, ha sido una nueva derrota para los “dueños del mundo”.

Hugo Cabezas Bracamonte / @HugoCabezas78

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