El pasado 18 de septiembre de 2021 se realizó en México la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), fue ésta una Cumbre diferente. Y lo fue, aun cuando la mayoría de los participantes formen parte de foros hemisféricos parecidos, pero no iguales.

Fue diferente porque los treinta y tres estados que la conforman, a una misma voz, ratificaron que la CELAC, es un “mecanismo de concertación, unidad y diálogo político… (construido) sobre la base de los lazos históricos, los principios y valores compartidos de nuestros pueblos, la confianza recíproca entre nuestros gobiernos, el respeto a las diferencias, la necesidad de afrontar los retos comunes y avanzar en la unidad en la diversidad a partir del consenso regional,…”

Pero fue diferente, sobre todo, porque más allá de las impertinentes voces agoreras de los gobiernos de Colombia, Paraguay y Uruguay, los mandatarios y representantes de los gobiernos miembros de la CELAC tuvieron la oportunidad de reencontrarse en un escenario en donde el diálogo, sobre los problemas más acuciantes que enfrenta la región, guio la agenda del mismo.

Por lo que, los estados miembros reiteraron el compromiso de la CELAC “con la unidad e integración política, económica, social y cultural, y la decisión de continuar trabajando conjuntamente para hacer frente a la crisis sanitaria, social, económica y ambiental, ocasionada por la pandemia de Covid-19, el cambio climático, desastres naturales y la degradación de la biodiversidad del planeta, entre otros”.

Pero fue diferente, y permítasenos recordar aquellas apreciaciones del Comandante Supremo Hugo Chávez, pronunciadas el 17 de mayo de 2002, cuando afirmó que las cumbres «no sirven para nada» y son «un callejón sin salida». “Vamos de cumbre en cumbre y nuestros pueblos de abismo en abismo», porque lo acordado en la misma es una señal de esperanza.

De esperanza posible de alcanzar si, los pueblos de América Latina y el Caribe, nos proponemos construir un hemisferio mejor. Y, para nosotros ello es posible. No solo posible, sino necesario.

En ese sentido, es esperanzador que los mandatarios de los estados miembros de la CELAC, hayan reiterado, “su compromiso con la construcción de un orden internacional más justo, inclusivo, equitativo y armónico, basado en el respeto al Derecho Internacional y en los principios de la Carta de las Naciones Unidas, entre ellos la igualdad soberana de los Estados, la solución pacífica de controversias, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto a la integridad territorial y la no intervención en los asuntos internos de los Estados”.

Que hayan reafirmado “su compromiso con la defensa de la soberanía y del derecho de todo Estado a construir su propio sistema político, libre de amenazas, agresiones y medidas coercitivas unilaterales en un ambiente de paz, estabilidad, justicia, democracia y respeto de los derechos humanos”.

Asimismo, “su compromiso con la consolidación de América Latina y el Caribe como Zona de Paz…”, que hayan destacado “el llamado a todos los Estados a que respeten los postulados de la Proclama en sus relaciones con América Latina y el Caribe, dirigidos a la solución de controversias por medios pacíficos y al reconocimiento del derecho de los Estados a tener su propio sistema político, económico, social y cultural como base indispensable para fomentar la paz y la armonía en la región”. Son estos, entre otros, principios muy caros para la Revolución Bolivariana. De allí que abriguemos la mayor esperanza de que la CELAC se consolide como el mecanismo de integración que nos reúna a todos los latinoamericanos y caribeños.

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