Venezuela 2017, ¿una sociedad en cisma?

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Germán Ferrer @GermanFerrer

El año 2017 de este supertecnológico siglo XXI entra signado por las nanotecnologías y las tecnologías de información y la comunicación. en un mundo donde todos estamos interconectados en tiempo real ya que, todo lo que ocurre en el planeta nos impacta prácticamente a la pasmosa velocidad de la luz, la mayor velocidad que conocemos Vivimos la era de las redes sociales y la tecnología: Twitter, Facebook, WhatsApp, la era de la aldea global en su máxima expresión. El mundo de hoy ha dejado atrás visiones de la ciencia ficción del siglo XX que leímos en Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell o en la producción cinematográfica Un Viaje Fantástico del productor Richard Fleischer; todas estas visiones y muchas otras que se consideraban ciencia ficción a mediados del pasado siglo, han sido totalmente superadas por la realidad.

Hoy más que nunca ha quedado demostrado que la información es a la sociedad lo que la energía es a los sistemas naturales. Pudiéramos considerar la información como un flujo de energía que de acuerdo al direccionamiento que se le dé, puede inducir cambios de actitud y conducta en vastos sectores sociales o incluso en todo el planeta.

En consecuencia, el manejo y control de los flujos de información es más importante que el control y manejo de los flujos de dinero. En un país de la periferia planetaria como Venezuela nos encontramos a merced de dos vías alternas de control: por un lado nos hemos rezagado sensiblemente en el desarrollo de este tipo de tecnologías por lo que nos vemos limitados a ser simples consumidores de estos desarrollos, estando conscientes de que la ciencia y la tecnología no son neutrales, sino que por lo contrario obedecen a lógicas instaladas que condicionan la vida humana a conductas, modos de vida, conceptos éticos y estéticos que soportan y fortalecen el modo de ser y vivir en el modelo capitalista. Es indudable que hablar de soberanía e independencia en estas condiciones nos resulta muy cuesta arriba, amén de que los centros de control de estos procesos se hallan situados en países desde los cuales se emite el tipo, cantidad, cualidad y calidad de información con la que condicionan la opinión del planeta. Para ello analicemos el peso de Facebook y otras redes en el desarrollo de la primavera árabe, proceso en el cual el cambio último y más significativo fue el derrocamiento de Muamar el Gadafi.

Por otro lado, estos elementos permiten establecer sistemas de control poblacional casi de nivel íntimo. Hoy día, los servicios de inteligencia locales o globales, la banca, las empresas productoras de bienes de consumo tienen en las redes una fuente de primer orden para hacerle seguimiento a cualquier ciudadano de este mundo y además levantarle un perfil psicológico que les permita inducir conductas y opiniones sin que el ciudadano manipulado por tales medios siquiera se entere.

Hemos entrado en la era de la psicopolítica, así que reitero, hablar de independencia, soberanía y por supuesto revolución en el sentido decimonónico que manejamos por estas latitudes carece de sentido.

Venezuela 2017, año bicentenario del natalicio de Ezequiel Zamora, General del pueblo soberano, caudillo reivindicador de los derechos populares sobre la tierra a mediados del siglo XIX, pero también año bicentenario del fusilamiento del General Manuel Piar, héroe invicto de Oriente durante la Guerra de Independencia, hecho que constituye la más controvertida y objetada decisión del Libertador Simón Bolívar durante la Guerra de Independencia. Necesario es traer a colación estos eventos para vincular la lucha política que esta Venezuela vive hoy basada en una crisis que sumerge sus raíces en hechos del pasado mediato con un país sentado sobre una inmensa riqueza mineral y energética, que confronta el doble rasero de solventar los traumas y atavismos sociales acumulados durante quinientos años de historia y tratar de acoplarse a un mundo de desarrollo tecnológico que pareciera cada vez estar más lejos de nosotros y de nuestras posibilidades como sociedad.

Un país que marca una transición que trata de salir de la concepción gomecista del Estado Nacional lanzado a la aventura de construir un Poder Popular que no termina de aparecer por ningún lado, pero a su vez sometido a las presiones de un mundo globalizado y globalizante que conduce a su vez a liquidar ese concepto del Estado Nacional creado en su momento, a finales del siglo XVIII por el desarrollo de las fuerzas del capital que necesitaban ampliar sus espacios de acción monetaria y hoy día atacado en su base por las mismas fuerzas que lo crearon y a las cuales ya no les interesa más el Estado Nacional y sus barreras limitantes, donde ahora más que nunca los centros de poder mundial requieren libre tránsito de mercancías y capitales, y las barreras fronterizas solo son necesarias en la medida que impiden el tránsito de la mano de obra, la cual es necesario mantener estanca para así asegurar un trabajo más barato, lo que mejora las ganancias de empresarios e inversionistas.

Todo sistema establecido, por supuesto, tiene mecanismos inerciales que se oponen al cambio. Así hemos visto en los últimos 20 años un resurgimiento de procesos nacionalistas de corte populista a lo largo y ancho del planeta y Venezuela fue y ha sido vanguardia de este proceso con la llamada revolución bolivariana liderada por el comandante Hugo Chávez. Sin embargo, el capitalismo financiero y su fuerza globalizadora, nunca imaginaron que la reacción vendría desde el mismo corazón del sistema. El pasado noviembre el pueblo estadounidense eligió contra todo pronóstico a Donald Trump, quien ha enfocado su campaña en un discurso de corte nacionalista, aislacionista, xenófobo y populista, eso sí, combinado con el manejo informativo y comunicacional que las tecnologías arriba señaladas permiten hoy.

Entonces surge la pregunta, ¿qué le espera a Venezuela en la era Trump?

Por un lado debemos recordar que estamos próximos al centenario del estallido del Barroso II, el pozo petrolero que anunció al mundo el potencial económico que este rubro tenía reservado a Venezuela. Se fortaleció desde entonces una visión económica conocida como rentismo petrolero, dentro del cual el trabajo productivo fue perdiendo importancia ante el hecho económico fáctico de que la forma más rápida de acumular capital en una sociedad basada en este modelo es el desarrollo de propuestas especulativas en lo económico o la sustracción directa (vía corrupción) de los dineros del Estado, donde las consecuencias de esta visión son nefastas y se hacen sentir en todo el tejido social, en el fortalecimiento de una burocracia supernumeraria e inútil frente a la generación de empleos productivos, la fuga de capitales y hoy de talentos por cualquier vía, ante las posibilidades de constituir una economía basada en el ahorro, una visión de derroche y consumo estructurada en “el vivir hoy, mañana será el diluvio”, carencia de visión de largo plazo en la sociedad, aparato productivo casi inexistente frente a una fortalecida política de puertos (fragilidad extrema en lo que a abastecimiento se refiere). Todo ello conduce a una sociedad mediatizada por el consumo del artilugio de moda sin que medie el más mínimo análisis de lo que eso significa y con una clase política estupidizada que no necesariamente refleja la sociedad que representa. Acerca de esto último es obvio que Venezuela no es una excepción. Cuando recorremos los liderazgos políticos del mundo observamos que existe un predominio con pocas y honrosas excepciones de dirigentes que rayan en la simpleza en su accionar y decir. Pudiéramos puntualizar que lo más grave de los problemas que aquejan al mundo hoy no son los problemas en sí mismos, sino la ineptitud de ese liderazgo político que debe enfrentar.

Es indudable que estamos sumidos en un cambio de época por lo que acompañando a Antonio Gramsci, ni lo viejo termina de morir, ni lo nuevo termina de nacer, o al presidente Correa de Ecuador: no es un cambio de época es una época de cambios.

En el medio de todo, nuestra querida Venezuela se debate en su propia contradicción, resolver las deudas atávicas de su injusto pasado y ponerse a tono con los cambios de la nueva era para poder entrar y acoplarnos a este siglo XXI.

En un país en el que el 40% de su población se ubica entre los 0 y 40 años de edad, es indudable que el discurso político deberá adaptarse a las necesidades y expectativas de esa población joven que emerge, pero que no podemos olvidar que esas expectativas y deseos están enmarcados por los poderosos medios de masas y las ahora ubicuas redes sociales con su omnipresente flujo de publicidad, propaganda, transmisión de ideas condicionadas al interés de quienes dirigen el mundo, por lo que tenemos que preguntarnos ¿serán estos jóvenes continuadores del proceso político que se inicia este siglo conocido como revolución bolivariana? ¿Estarán dispuestos a retornar a propuestas políticas ya superadas de la llamada cuarta república? ¿O se plantearan nuevas visiones en la construcción de un país que avance en el devenir del siglo? Nuestro aparato educativo deberá sintonizarse con los nuevos tiempos, nuevos líderes, maestros o conductores deberán estar en condiciones de dar respuestas a los requerimientos de una sociedad de jóvenes en permanente conexión con el resto del planeta.

Estamos los y las venezolanas obligados a dar el salto de una sociedad adherida a la renta petrolera hacia una sociedad en la que las tecnologías ligeras están dando respuestas a nuevos problemas con una creatividad antes impensada. Para ello necesitamos de una nueva clase política que enfrente estos retos en un escenario donde el país más poderoso del planeta está manejado por un populista. ¿Cuáles son nuestros escenarios?
Si en efecto el Sr. Trump decide no inmiscuirse en los asuntos de terceros países, será esta una oportunidad a aprovechar para profundizar cambios sociales que impulsen las economías y fortalezcan la democracia o podrán ser sólo del provecho de pequeños grupos entronizados en el poder para consolidar formas autoritarias y represivas de gobernar.

De lo que estamos convencidos es de que los imperios no improvisan, pero en ese caso: ¿Estará el establecimiento angloamericano dispuesto a que el nuevo presidente imponga su visión ejecutiva del ejercicio del poder? O será que las contradicciones internas que esa manera de ser terminarán generando dentro del partido republicano y con el complejo industrial militar de los Estados Unidos, impedimentos que darán al traste con su propuesta. Así, cuál será la posición de América Latina cuando esa potencia decida cerrar sus fronteras a la inmigración que fluye de estas latitudes, o cuando cierre sus mercados o imponga fuertes aranceles a nuestras mercaderías. ¿Que hará México cuya clase gobernante apostó todo a la integración con su vecino norteño?

Hoy es una realidad que la América Latina se encuentra debilitada en sus aspiraciones de integración al llegar al gobierno en varios países sectores de conducta afines al poder imperial (ejemplo la exabrupta e injustificada expulsión de Venezuela de Mercosur). Este hecho merma su capacidad para enfrentar los cambios que se avizoran y que no lucen esperanzadores para nuestra región en este nuevo entramado de poder que se gesta a lo largo y ancho de las grandes potencias planetarias. Nuestra Cancillería habrá de desenvolverse con gran habilidad para hacer valer sus “fraternas relaciones” con países como China o Rusia y así lograr que estos sean interlocutores válidos de nuestros intereses y así tratar de alcanzar algún beneficio en el nuevo orden de cosas para nuestro país.

Lo cierto es que un nuevo panorama global se avizora, del que solo se ven algunos esbozos de cuál será el arreglo final que desconocemos aún. Mientras tanto nuestra clase política sigue preocupada por la legitimidad o no de la Asamblea Nacional, la legitimidad o no de las decisiones del Tribunal Supremo de Justicia, la efectiva venezolanidad o no del Presidente Nicolás Maduro, es decir señores, el mundo se sume en un profundo reacomodo del poder y nuestra clase política se dedica a verse el ombligo.

Es de extrema urgencia llegar a un acuerdo nacional que nos permita diseñar estrategias con las que podamos salir del profundo conflicto interno que nos aqueja, trazar la ruta de navegación en un escenario internacional complejo e incierto, retomar el liderazgo regional en materia de integración que ahora es cuando más falta nos hace, crear las condiciones para el surgimiento de nuevos actores políticos en el escenario nacional que se proyecten más allá de nuestras fronteras de cara a enfrentar juntos como familia latinoamericana los riesgos de este cambiante mundo. Venezuela tiene a su favor, la tradición y moral que da una larga trayectoria histórica en ese sentido y que se remonta incluso al periodo colonial.

El no hacerlo pudiese costarnos hasta la existencia misma como nación y haría de nuestra generación la más irresponsable de nuestra historia. Los próceres fundadores de esta patria lo dieron todo en la construcción de un proyecto nacional llamado Venezuela, ellos son la causa de nuestra existencia hoy, nos corresponde a nosotros estar a la altura de las expectativas de aquel sueño que generó la que hoy es nuestra nación hogar. Debemos estar plenamente conscientes de las circunstancias para así convertirnos en la justificación plena de aquel esfuerzo hoy bicentenario.