Lenguaje, violencia política y desnudez histórica

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Vivimos tiempos peligrosamente vanos, aplastantes, simbólicamente chatos e interesados. Tan es así que pudiera abordarse el centro del asunto por cualquier extremo de hilo de la estopa de nuestros tiempos y tarde o temprano llegaremos al mismo punto: ahí donde las palabras, los usos lingüísticos, la reunión de fonemas, producen una irremediable estridencia entre la palabra y la cosa. En su enunciado y su significado en ejecución; en su distancia prácticamente antagónica entre lo que se intenta decir para remitirse precisamente a los actos que irán en dirección contraria.

Existe todo un ámbito de la actividad humana en conjunto, en sociedad, en el que palabra y acción sólo armonizan cuando lo que se enuncia pretende luego ejercerse en dirección contraria. Que se correspondan lo dicho con su intención y con su postrero acto, en el muy torneado y condicionado ámbito de la costumbre, que también éste es un artículo de consumo y está sujeto a la fabricación de necesidad del mercado, que esa tríada entre el decir, la voluntad que se le imprime a lo dicho y su reflejo activo logren unimismarse (para robarle a Mariátegui tan feliz verbo irregular) pasa a relegarse al ámbito de lo inverosímil, de lo imposible, en el mejor de los casos, de lo inusual.

La trillada referencia a las dos obras más famosas y reconocidas del británico George Orwell, 1984 y Rebelión en la granja, como fábulas que advierten sobre el peligro del co-mu-nis-mo no son más que otro tropo del mercadeo que tira la pelota al otro lado de la cancha para que no se vea que su vigencia nada tiene que ver (poco importa si en realidad lo tuvo) con la sentenciosa advertencia de los peligros del totalitarismo soviético y sus presuntas variaciones subtropicales, cuando en realidad refleja una variación de la tiranía que más neoliberal imposible. Tiranía estúpida, vana y engranadamente metabólica de todo lo que traga y procesa. “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, consignas que el mismo autor citado párrafo de por medio más arriba relegaba a un oscuro y maquinal partido socialista de Oceanía, CNN mediante, pareciera tener más que ver en estos tiempos con el politburó del Consejo Europeo o con la nomenklatura de Wall Street. Ironía amarga, sobre todo si se le concede a la investigadora Frances Stonor Saunders que míster Orwell fue, presuntamente y también (como si a esta altura en realidad importara) un dilecto “agente de la CIA” en el plano de acción cultural, otra caja de resonancia contra el terror soviético. Cuando más tuvo que ver con la doctrina Bush (no se me ocurre otro nombre, pero usted ya sabe a qué me refiero) que al cada vez mejor rehabilitado don José Stalin.

No es nuevo, y más bien se circunscribe a los tumbos irregulares del eterno retorno, en el cual toda acción culturalmente elevada proyecta su verdadera sombra, que no es otra que la brutalidad manifi esta. Esa forma en la que “salvaron” a miles de almas en el siglo XV americano a punta de trabucazos, mutilaciones, malaria, mientras dejaban cerropeladamente al Potosí.

O ese dechado de virtudes que fue el imperio británico en el siglo XIX, “civilizando” a indios (los de la India), y a africanos. O esa insoportable equivalencia con la que Emile Zolá denunciaba el caso Dreyfus (un falso crímen al que injustamente se le acusó a monsieur Dreyfus en primer lugar por el hecho de ser judío), apelando el gran naturalista a los valores de la “liberté” y toda esa marsellesa mientras conquistaban de forma despiadada a Argelia. Simetrías que llaman. Por eso Walter Benjamin no tuvo empacho alguno en decir que todo documento de civilización es un documento de barbarie.

El “paradigma” de nuestro tiempo vino cortesía del derrumbe de las Torres Gemelas y esa teología de la seguridad (la construcción es de Vazquez Montalbán) en el que para apretar el “nuevo siglo” del Consenso de Washington, comenzaron las democráticas jornadas de intervención humanitaria, que tan bien funcionaron una década antes para despedazar otanamente al proyecto político más decente de toda la Europa aquella: Yugoslavia. De ahí en adelante, todo fue bajada. Y no es disonante que Barack Obama haya sido Nóbel de la Paz el año que arrancó su gestión, sin haber hecho nada, salvo lanzar un discurso, que luego fue avalado con siete países en “guerra por delegación”.

Jalonando geográficamente al presente inmediato

Así, el idiotismo subrentista y consular que hizo a los amodorrados sectores pudientes venezolanos, réplica general de las del resto del continente pero más frívolos, ignorantes y bestiales, en comenzar a alentar por la propia importación de ese modelo una vez que pasara por el fi ltro petro-bananero, y en vez de Videla, un yuppie de mierda. Ya en este punto ni siquiera la oposición concede “tantito así” a la veracidad sustancial de buenas intenciones de voces como “democracia”, “libertad”, “derechos humanos” y tanto Arauca vibrador y turpialitos apendejados.

La primera dosis fue la restitución democrática aquella, por los derechos humanos de todos, que duró 47 horas y se valió de su único partido vigente, los medios, para avalarlo como parte de esa gesta libertaria que ríete del Mariscal Sucre. “Nunca hemos sido tan abstractos” verseaba como castigo mi amigo César Seco por esos días, cuando a un golpe de Estado se le llamó de todo menos golpe, y que, con los años, ni modo, hasta sus autores prácticamente no les quedó de otra que admitirlo, y absorber dentro de ese catecismo a la Constitución que siguen odiando y esquivando a conveniencia. Y es que el fascismo combina todas las formas de lucha, y la izquierda se quedó en Porto Alegre creyendo que a punta de Mercedes Sosa frenamos la muerte en ciernes.

Y todo, de paso, se fue agotando de sentido. Cuando ya llega a este grado de cristalización política, definitivamente nos jodimos. Ni siquiera se me antoja definirla, como ya lo hicieron de forma tan vana, como una política del odio, o algún animal parecido. El exceso de vestiduras formales lo único que está demostrando es que la única política válida no es la del consenso o la democracia aquella, sino la de la fuerza, el golpe. Donde dice “estudiante”, si todavía conserva algo del principio de sospecha, léase operadores violentos de la subversión y la insurgencia (que hasta eso en tanto categoría perdió la izquierda mojigata) para fracturar el orden, desestabilizar, y retomar la vía libre a los menguados recursos del orbe (y sobre todo del subsuelo).

Con razón tirios y troyanos le tienen culillo a aceptar que la verdad sí existe, y se refleja primero en los actos y luego en el lenguaje. Entonces, ¿qué tenemos? Si los hechos en su conjunto, representados y organizados políticamente a través de partidos y representantes de los mismos, en un lado de la cancha un gobierno, que en la guerra eufemística se le tiene que llamar régimen, ha tenido los hechos como verdad demostrable, incluyendo una demostrable e incesante guerra en su contra. Y por el otro a una entelequia de serviles que tienen que quejarse afuera, vociferando que su país es una amenaza, para que rematen la chamba. Las formas han sido suprimidas, y sólo queda la fuerza, al menos en este punto, como medida de todo. Empezando por la misma realidad.

“La guerra no empieza nunca con el primer tiro. La guerra empieza con el cambio de lenguaje”, declaró el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinsky en una entrevista a principios de siglo. En resume, el peligroso simulacro por el cual un grupete insignifcante históricamente, subordinado a la correa de transmisión financiera más mostrenca de la historia de la humanidad, pretende hacer todo lo imposible, o para bien empujar el país hacia el sendero de la guerra civil, o al derrocamiento violento y traumático de la única experiencia histórica en que dignidad era significado de eso: dignidad. Y para todos.

Joaquín Perdomo
Analista político y escritor

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