El festival de Teatro de Caracas y su provocadora invitación a mirar

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La humanidad contemporánea, ésta que vuela en aparatos de vertiginosa velocidad, que se desplaza inmersa en enormes gusanos subterráneos de una ciudad a otra, que observa a través de ventanas de líquido brillo los horrores y maravillas que suceden al otro lado del mundo, que con fuegos de compleja composición desbarata culturas milenarias en cuestión de segundos, que desde prodigiosas alturas logra observar la redondez de la Tierra como quien se mira en el espejo, sí, esta humanidad de hoy, parece estar absolutamente escindida de aquella abuela lejana que buscaba respuestas al contraluz de una vela hace más de veinte siglos. Pero la verdad es que el espíritu humano occidental conserva intactas ciertas angustias que ni los más frenéticos avances tecnológicos ni el descubrimiento científico más agudo pueden disipar. Las angustias de hoy son quizá las mismas incertidumbres que quebrantaron el espíritu de los griegos antes de la era cristiana. Ese desasosiego que hurga e interpela el universo de las pasiones es el que ha sido volcado en diversas obras de arte a lo largo de la historia.

Puede decirse entonces que el arte es el canal que nos conecta con la esencia primigenia de la humanidad, si es que algo como eso existiera. Y de las manifestaciones artísticas, el teatro es, junto al cine, la más sincrética, porque su naturaleza contempla y exige la participación de las otras artes. De hecho, si se le compara con el cine es posible asegurar que el poder conmovedor del teatro es superior, dado que el teatro por tratarse de representación supone una conexión directa entre la puesta en escena y el público, tanto que incluso este último es parte fundamental de la obra, el cine en cambio se fundamenta en la reproducción, lo cual comporta un abismo insalvable entre el espectador y el discurso fílmico. La ciudad capital está siendo escenario no sólo de estos debates, sino de expectativas y preparativos ante la 6ta edición del Festival de Teatro de Caracas con participación internacional, el cual se estará desarrollando desde el viernes 21 hasta el domingo 30 de abril. “Vernos el Sur” es el lema que identifica esta vez al evento que, desde su primera edición, ha sido de los más esperados y concurridos de cuantos se llevan adelante en el ámbito cultural caraqueño.

Una posible lectura simbólica del lema parece invitarnos a buscar una identidad contrahegemónica, en el sentido gramsciano del término, esto quiere decir construir una subjetividad propia a partir de los diversos imaginarios que nos conforman como pueblos, una subjetividad contrapuesta al orden actual de las cosas en el mundo. El lema es en sí mismo, además, una invitación a contemplar, término que nos permite conectar con la raíz etimológica de la palabra teatro. Ésta viene del vocablo griego θέατρον (theátron), “lugar para contemplar”, derivado a su vez de el verbo θεᾶομαι (theáomai), “mirar”, “contemplar”. El festival es organizado por Fundarte, ente adscrito al Gobierno de Distrito Capital. La primera edición de este evento se dio en el año 2012. En las primeras ediciones participaron únicamente agrupaciones nacionales de varios estados del país, pero ya en las últimas tres han venido participando compañías y grupos internacionales, esto lo ha revestido de una tintura muy interesante.

Caracas es un valle ribeteado de múltiples montañas por cuyos pliegues emergen estructuras de concreto. Es una gran depresión que muestra ramificaciones de asfalto y el brote obstinado de manchas verdes. Vista desde alguna de las cumbres del imponente cerro que la separa del mar, parece un cuenco fracturado a través del cual persisten diversos microclimas de particular densidad. Dentro de esta geografía se desenvuelve una compleja mixtura de almas, no es posible definir una cualidad unificada del ser caraqueño, no es cierto que una sola cobija identitaria pueda cubrir toda la urbe, por más extensa que ésta (la cobija) sea. Tal vez los rostros que circulan diariamente por el metro, esa tremenda zanja que la atraviesa, todos los rostros en una misma composición, podrían acercarnos una imagen de la pluralidad que encarna la ciudad. Esto nos da una idea de la plataforma que durante once días ofrecerá algunos de sus espacios para el montaje de piezas teatrales.

El teatro no le es ajeno a Caracas, algunos de sus habitantes mantienen una fuerte atracción hacia el arte dramático, aunque no sean ni de cerca una mayoría. Muchos de estos amantes del arte escénico aún recuerdan con emoción aquellos años 90 durante los cuales el teatro de calle irrumpió con fuerza en plazas y avenidas del centro capitalino. La plaza Caracas, el parque Los Caobos, la avenida Bolívar, fueron, por ejemplo, escenarios de obras que marcaron la memoria sensible de algunos caraqueños. Luego sobrevino un declive que duró más de una década.

Teatro Plaza Bolívares
AVN/Ricardo Hernández

Entonces, hoy esos mismos caraqueños, los que vivieron el furor teatral de finales de siglo, agradecen que Caracas vuelva a ser escenario de un arte que dialoga muy bien con la inquietud de quienes la respiran cotidianamente. Pero también hay una generación muy fresca, entre niños, adolescentes y jóvenes en edad universitaria, que encuentran en el teatro un verdadero vaso comunicante hacia perspectivas nuevas.

Es preciso decir que en esta oportunidad el festival tendrá lugar en el corazón de una ciudad convulsa, en un sentido estrictamente político. A lo largo de la Semana Santa, que acaba de pasar, e incluso mientras escribo el presente artículo, en Caracas hierve una energía que promete defi nir el devenir histórico no sólo del país, sino de la propia Latinoamérica. Por un lado, destrozos de estructuras públicas, quema de unidades educativas, clamor de guerra. Por otro, un pueblo que a favor o en contra de las políticas del gobierno cree que las alternativas que solucionen la difícil situación actual no están en manos extranjeras, sino que competen única y exclusivamente a los venezolanos. Pugna, en definitiva, la dignidad de un pueblo que resiste y hace honor a la fuerza combativa de sus primeros pobladores. A diferencia de lo que muchos puedan pensar es un entorno interesante para que la potencia conmovedora y crítica del teatro abra respiraderos en la ciudad. No obstante, esta no fue la lectura que una minoría de agrupaciones nacionales hizo del contexto, y a pocos días de iniciarse el festival, nueve de ellas decidieron retirarse haciendo público un manifiesto que está muy lejos de aportar soluciones al conflicto, pero que en cambio no logra excusar a quienes quedan muy mal ante un público que ya había comprado las entradas. Es una actitud cuestionable, sobre todo porque una de las características del festival ha sido, desde sus inicios, la apertura que ha demostrado en la propuesta argumentativa de las obras, algunas de las cuales han planteado fuertes críticas al chavismo.

En el festival participarán 111 agrupaciones que vienen de los 24 estados que conforman el territorio nacional, más 23 compañías internacionales de 9 países latinoamericanos y europeos. En total ofrecerán un aproximado de 180 funciones de sala. Se trata de un despliegue impresionante si se piensa que esta actividad, que ciertamente se da en un momento de crisis económica, debe entenderse como una significativa y necesaria inversión por parte del Estado, inversión que mucho abona al fortalecimiento cultural del pueblo caraqueño. No sólo de pan vivimos. No sólo el hambre del cuerpo debe saciarse. Si no se sacia el hambre del espíritu, estamos condenados a deambular como bestias el bosque maldito de la ignorancia.

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