Agricultura, ecología y economía: ¿balance posible?

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El modelo de producción dominante en la agricultura actual está basado en pautas establecidas por la mal llamada “Revolución Verde” y por la producción de cultivos transgénicos, cuyos efectos socioeconómicos y ambientales se traducen en un alto costo de salud para los pueblos. Los agrotóxicos dejan graves secuelas en los alimentos, en lo suelos, el aire y el agua, incidiendo en las alteraciones del clima.

Estas prácticas agrícolas que impactan de manera negativa la vida son sustentadas en conceptos erróneos en cuanto a los beneficios. La gran justificación es la necesidad de producir alimentos para cubrir la demanda de las poblaciones, lo cual es relativo, porque hasta ahora no existe una distribución equitativa y suficiente de alimentos en el planeta que garantice la seguridad alimentaria de todas y todos. La Organización de Alimentación y Agricultura de las Naciones Unidas (FAO, por sus siglas en inglés) según su propia evaluación sobre las tendencias preocupantes hacia 2050, menciona el “riesgo creciente de inseguridad alimentaria persistente durante largo tiempo que ocurrirá en muchos países” (FAO, Informe Anual 2006).

La realidad es que el mercado agrícola y la dinámica para la creación de riquezas están dominados por grandes corporaciones que han monopolizado y tienen un control sin precedentes sobre la base biológica de la agricultura y el sistema alimentario en general. Esto también aplica para la extracción y aprovechamiento de los recursos naturales. Por otra parte, los procesos agrícolas convencionales no toman en cuenta las enormes variaciones que generan en la ecología, ni las necesidades y potencialidades específicas de cada localidad en cuanto a las relaciones económicas y las organizaciones sociales. Generando alteraciones en los ecosistemas naturales y enfatizando las discordancias en la distribución de las riquezas.

Es claro que los ganadores son los grandes agricultores y empresas trasnacionales. Como ejemplo de ello se puede mencionar que la mitad del mercado mundial de semillas está controlado por sólo tres compañías y además cinco de las primeras diez firmas de agroquímicos son propiedad de las productoras de semillas más grandes del mundo. Las acciones en empresas de agroquímicos se revalorizan por sobre el mercado energético (combustibles y electricidad) dejando ver claramente los intereses que sustentan el modelo de producción agroindustrial en el planeta, el cual no persigue el bienestar colectivo.

La creencia común es que esta manera de producción es inalterable debido a la creciente demanda de alimentos. Sin embargo, en el mundo existe una corriente campesina que en las últimas décadas ha venido demostrando con prácticas exitosas que sí es posible generar un cambio benefi cioso en las prácticas culturales agrícolas. El movimiento campesino más grande del mundo sostiene: “Si sabemos que las pequeñas producciones con sistemas agroecológicos son más productivas, conservan los suelos y recuperan la productividad perdida de sistemas degradados y son más resilientes al cambio climático, entonces la pregunta no es si deberíamos cambiar, sino cómo podemos promover la transición hacia esos sistemas” (La Vía Campesina, 2010).

La prioridad de estos grupos es que los pequeños y medianos agricultores logren elevar su eficiencia y competitividad para participar con éxito en los mercados mundiales bajo un esquema de producción que adopte prácticas para el adecuado manejo ecológico.

La agricultura puede desempeñar un papel multifuncional en el desarrollo de cada región como generadora de bienes económicos y servicios ecológicos que permitan conservar los recursos naturales e impulsar la agro-biodiversidad. Concretar esta visión significa un desafío. Dejar de lado los dogmas y aceptar que el equilibrio per se es un concepto que no existe en la naturaleza ni en la economía. En la agricultura hay que incluir la variabilidad, la intrusión, la irreversibilidad y la incertidumbre como elementos de la dinámica del proceso; el equilibrio en la economía se refiere al balance entre el abastecimiento y la demanda. No se trata de encajar la cuestión ambiental dentro del sistema agrícola ya establecido, sino de dar sustentabilidad a las áreas de producción intensiva a través de una racionalidad ecológica en la agricultura. No hay que perder de vista las interacciones entre variable económica, social y natural en un espacio y tiempo determinado.

Es necesaria la transformación hacia un modelo viable de desarrollo agrícola que permita alcanzar la sinergia requerida entre ecología, economía y producción de la tierra. Mas allá de las leyes, facilitar las herramientas y los mecanismos necesarios para ello es una decisión política basada en la comprensión de dónde reside la verdadera riqueza.

¿Habrá la voluntad política para ello?

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